Ser políticamente correcto, y quedar en el intento

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Por Silvia Selene Zúñiga Suenaga *

En lo que muchos llamarían la Era de la Comunicación, por la existencia de tecnología que ha permitido una mayor interacción en todas las esferas, se fabrican o maquilan en demasía, narrativas que parecen deformar la realidad. Algunas acciones, parecen atentar contra la libertad de expresión, y lo políticamente correcto nos arrastra al precipicio de lo incorrecto. No puedes exhortar “por la realización plena del Hombre”, sin crear una controversia por la equidad de género y obligación legal por la igualdad de las mujeres y los hombres; ni tampoco puedes colocar un anuncio de empleo a personas con discapacidad, sin ser corregido por grupos vulnerables, para llamarles personas con capacidades diferentes o limitaciones específicas. Nada de esto está mal o bien, lo que denota es lo que merece nuestra atención.

Ironía es que en esta Era, sea la comunicación la pata de la que se cojea. No porque no se da, sino porque se le apunta como causa, única solución y consecuencia de muchas problemáticas sociales, y no como una herramienta para su atención.

Ser políticamente correcto al expresarse, obliga a crear un lenguaje incluyente, defensor de los derechos, no peyorativo, pero a veces por eso mismo, se vuelve neutro, prácticamente indiferente a una situación o condición, ausente de la crítica, con el fin  de mantenerse al margen de lo que “debe ser”. Lo políticamente correcto, ha demostrado su eficacia y su desgracia, convirtiéndose en objeto de debate permanente, incluso en su mismo término, pues en su afán, en ocasiones se vuelve incorrecto.

Varios teóricos e intelectuales han abordado está herramienta en el lenguaje, y ha sido Umberto Eco uno de los que lo ha abordado, atendiendo su uso en Estados Unidos de América, en donde tiene su origen en la izquierda progresista. Eco advirtió las contradicciones del uso de la corrección, en esa búsqueda de la eliminación de la discriminación y las connotaciones negativas, derivando en una exageración de la semántica.

Dicen que en boca cerrada no entran moscas, pero ¿qué sucede cuando salen de ahí? Surge, por ejemplo, un viral y mediático Donald Trump, sin omisión de palabras ni aseveraciones para lo que él cree, la razón de los problemas en el país, a partir de la migración ilegal en la frontera sur de EE.UU.; afirmaciones que muchos otros políticos han hecho a través de sus discursos políticamente correctos, en una situación y condición migratoria, cultural, política y legal que caracteriza a ese país. Y es que sus palabras no se las lleva el viento, las repiten una y otra vez en la TV, las redes sociales, en la calle. Él es trending topic. Trump anda en boca de todos, para bien o para mal, de las partes. Lo cierto es que este hecho evidenció la innegable situación de la discriminación, estereotipos, ideología y condición humana, que atañe a todos, dentro y fuera de EE.UU. Aunque existan acuerdos internacionales, leyes estatales y federales que protejan los derechos humanos, que limitan los términos que promueven la discriminación o la exclusión, hay una situación muy relevante que no se ha resuelto en las mentes, acciones e idiosincrasias de las personas.

No se trata, en la lógica de lo que es realmente “correcto”, del cómo se expresa para impactar a la opinión pública, sino del cómo se reafirma la intolerancia.

México no es ajeno a esta discutible situación del lenguaje políticamente correcto. Ya nos hablaba Vicente Fox de “chiquillos y chiquillas” promoviendo en su discurso la inclusión,  al dejar para el cierre de su mandato la primer publicación de la Ley General para la Igualdad entre mujeres y hombres, en 2006. También un documento sobre recomendaciones para un lenguaje incluyente. Posteriormente, se realizaron acciones sociales e institucionales, como la reforma constitucional en materia de derechos humanos, publicada en DOF en junio de 2011, en donde se observan en su Artículo 1ro. Constitucional, cambios para referirse a los derechos de las personas, por considerar correcto el uso del término personas y no individuo, así como el de preferencias sexuales en vez de simplemente preferencias, por considerarlo ambiguo en su alcance.

Igual que en otros lugares, estos cambios legales han obligado, en beneficio de los grupos vulnerables, a que se promuevan los derechos y obligaciones de las personas, sin embargo también ha demostrado que ser incluyente, no discriminar y respetar, es más que utilizar eufemismos, se requiere un trabajo integral para cambiar los paradigmas sociales. Difícil trabajo, pero no imposible. Llamarles trabajadora doméstica, afroamericano, de la tercera edad, étnico  o gay, no omite el hecho de que aún sean violentados, discriminados, llamados con peyorativos, y negados sus derechos.

Hay mujeres que se dedican a la Ingeniería y no necesitan cambiar su título de Ingeniero por Ingeniera, para seguir siendo empoderadas; hay barrenderos que por más que le cambien el nombre de trabajo a Operador Ecológico, no cambia su condición socioeconómica, por no contar con los derechos laborales para una mejor condición de vida.

Si el objetivo es modificar el lenguaje para promover el cambio social, el discurso políticamente correcto que hemos venido utilizando no siempre ha sido efectivo; pero si cambiamos el objetivo por el respeto y la verdadera eliminación de la discriminación, utilizando a la comunicación como una herramienta transformadora y no como detonador o señalamiento, la lucha será distinta. No se trata sólo de discursos y hablar bonito, se trata de acciones, de leyes que se apliquen, de tolerancia que sea respeto y de inclusión, que no sea omisión.

* La autora es Licenciada en Comunicación por la UABC. Diseño publicitario CETyS Universidad. Responsable de Comunicación Social y Ejecutiva de Atención a las OSC, en el Instituto Nacional de Estadística y Geografía. Secretaria de Vinculación y Comunicación  con la Comunidad, del Colegio de Comunicólogos de Baja California (ColcomBC).